Hace unos días me encontraba platicando con unos parientes, acerca de mi primer y único viaje que hice en ferrocarril, debido a que en la actualidad ya no hay trenes para pasajeros en la Ciudad de México.
Yo tenía unos escasos cinco años, mas nunca he podido olvidar la leyenda de la llorona de Fresnillo, que me contó un señor que iba sentado frente a mi padre en el vagón.
Sucede que, en 1920 en aquel lugar, todos los días a la 1:00 de la tarde se escuchaba un fuerte silbato de una compañía metalúrgica.
Se trataba de un reloj gigante que anunciaba el momento en el que los trabajadores salían a comer. A las afueras de la fábrica, se podía ver a centenares de mujeres con viandas esperando a sus maridos.
Una de ellas era Eufemia. Mujer dedicada a su hogar y a sus tres hijos que siempre le llevaba a su esposo una canasta llena de deliciosa comida. Desde tacos de frijoles hasta pastes de carne con papas.
De pronto, un día Romualdo (así se llamaba su cónyuge), le dijo que el próximo miércoles se abstuviera de ir a llevarle los alimentos, pues su jefe le había pedido que se quedara laborando hasta el final del día.
Eufemia accedió sin ningún reparo, pues pensó que posiblemente a su marido lo ascenderían pronto a capataz. Sin embargo, la petición de su consorte se repitió durante varias semanas consecutivas (siempre en miércoles).
Fue por eso que la desconfianza ya no la dejaba ni siquiera dormir. Uno de esos días en los que se suponía no tendría que ir a la fábrica, decidió llegar de improviso.
Cuál sería su sorpresa al ver que Romualdo se encontraba tranquilamente disfrutando de su hora de comer, acompañado de otra mujer. El engaño de su esposo ocasionó que la pobre Eufemia perdiera la cordura.
Lo único que la despechada mujer atinó hacer fue gritarle a su marido: “Te vas a arrepentir del daño que me has hecho”, mientras se apretaba fuertemente el pecho.
Instantes después, la mujer corrió con dirección a un cerro. Romualdo viendo el estado mental de su mujer, rápidamente fue a su casa a buscar a sus hijos.
Por suerte, los encontró ahí sanos y salvos. Luego se los llevó a casa de su madre.
Cayó la noche y Eufemia regresó a su hogar, para al menos recibir el calor de los abrazos de sus hijos. No obstante, al ver que no había nadie en casa, volvió a abandonar el domicilio vociferando: ay mis hijos.
A lo largo de las siguientes noches, muchas personas comenzaron a decir que una mujer con el cabello desaliñado vagaba por las calles y veredas de Fresnillo.
Lo raro es que parecía que no caminaba, sino que flotaba tal y como lo hace
la llorona en diferentes mitos.
En un primer momento, se pensó que esa
historia de terror había sido inventada por algún pueblerino al que se le habían pasado las copas.
No obstante, poco después el padre de la Iglesia encontró el cuerpo sin vida de Eufemia, en un terreno baldío. La mujer se había envenenado. En una de sus manos, aún sujetaba un relicario que contenía una fotografía de sus hijos. Así concluye esta leyenda de la llorona.